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Terra
La Coctelera

La mujer del contador

Calixto llegó apresurado a la casa. Eran ya más de las 7 de la tarde de un día cálido de febrero. Bajó del auto y se dirigió hacia la puerta de calle. Colocó la llave en la cerradura de la puerta de su casa y en el instante que el cerrojo se corría escuchó que alguien salía de la casa ubicada enfrente de la suya. Disimuladamente Calixto desvió su mirada hacia la vereda contraria y vio lo que sospechaba. La vecina, una mujer rubia que venía observando desde hacia tiempo, salía en ese momento hacia la calle con su hijo pequeño. Ella miró hacia donde Calixto estaba y rotundamente evadió la mirada hacia otro sector de la calle que separaba a ambos. Luego se alejó y se perdió de vista en las casi primeras sombras de la tarde más estival que se recuerde.
Calixto sonrió nerviosamente y sintió una extraña sensación de mezcla de peligro y placer. Imaginó cosas con la vecina la cuál vivía en la casa junto a su pareja, contador en una empresa importante.
Ingresó en la casa y tomó asiento en un sillón muy confortable. Desde hacía ya tiempo que cruzaban sus miradas, inclusive en presencia del contador el cuál no se daba por aludido. En alguna oportunidad Calixto sonrió para ver la reacción de la rubia y ella muy disimulada hizo lo mismo. Pero no habían cruzado palabra nunca. Calixto se intimidaba ante la presencia de la mujer, y muchas veces intentaba evitarla pero no lo conseguía.
Se incorporó del mullido sillón y se acercó al vidrio de la ventana. Miró hacia el cielo y gruesos nubarrones mostraron un extraño tono rojizo de las postrimerías de la tarde estival. Giró su mirada a la casa de la mujer y en ese preciso momento ella llegaba. Esta vez estaba sola, sin su hijo y se detuvo junto a la reja blanca de su casa. Pareció hurgar en un pequeño bolso tal vez en busca de una llave. Calixto no le quitó la mirada y ella giró hacia él y lo vio. Esta vez le sonrió con algo más de animosidad y Calixto se sintió avergonzado por ser descubierto espiándola como sin quererlo. Igualmente la saludó moviendo la cabeza y ella respondió a su saludo mientras continuaba hurgando en su bolso. Inmediatamente un trueno despuntó en la ya instalada noche y comenzó una llovizna que luego fue intensa. La mujer rubia seguía hurgando en el bolso y cada tanto miraba hacia la casa de Calixto.
Calixto se compadeció de la terrible mojadura que estaba sufriendo la mujer por lo que buscó el paraguas y salió rápidamente de su casa para protegerla de la lluvia. Tímidamente le ofreció quedarse con el paraguas a lo que ella respondió que había olvidado las llaves de su casa en el departamento de su madre donde había dejado a su hijo para que pase la noche.
Calixto no supo que responder. Simplemente dijo con voz baja que fueran a casa de él hasta que pudiera llegar el contador para que pueda abrir la casa. La rubia respondió que su esposo había salido de viaje y regresaría recién a los dos días. Calixto se ofreció llevarla al departamento de la madre en su pintoresco Peugeot 404 de 1978 a buscar las llaves y ella respondió que su madre estaría en esos momentos en el cine con su hijo.
Entonces le ofreció quedarse en la casa hasta que pasara el tiempo y pudiera acercarla a buscar la llave.
Ella asintió con la cabeza.
Casi sin decir palabras entraron en la casa de Calixto. El se sentía intimidado y antes de entrar en la casa tuvo la premura de observar en diferentes direcciones en la búsqueda de miradas desaprobadoras de vecinos chismosos. Nadie estaba observando, al menos que pueda ser visto por los ojos de Calixto.
Le ofreció mate amargo y ella aceptó. Durante unos minutos que fueron más prolongados de lo habitual el silencio fue el dueño de ambos. Por fin Calixto dijo que el tiempo era malo y que en esa época de febrero había que estar preparado para las lluvias intempestivas y espontáneas. La rubia solo asintió con su cabeza, moviendo su cabellera mojada. Calixto la observó con mas detalle. Era una hermosa mujer con ojos pardos destellantes, labios carnosos y nariz fina. Manos pequeñas y pechos medianos que se traslucían por debajo de su blusa por la mojadura. Sus pezones estaban duros y Calixto los observó. Sintió nuevamente una extraña vergüenza. Le ofreció una toalla. La rubia aceptó diciéndole por fin!! Y le preguntó por el baño. Calixto le indicó y la rubia entró en él. Luego abrió entornando la puerta y le pidió alguna remera de él por que la de ella estaba muy mojada y que en lo posible fuera larga. Calixto buscó entre su ropa y halló una ridícula remera larga de basquet. Se la alcanzó. La rubia luego salió del baño solo con la remera de basquet encima. Era lo suficientemente larga como para usarla de vestido. Inmediatamente se sentó junto a la mesa del comedor, frente al sillón donde Calixto estaba sentado. Le pidió otro mate y él se lo acercó.
Luego de esto respiró profundo y la miró con ojos tímidos. Ella sonrió por lo raro de la situación. Calixto hizo lo propio. Le dijo también que no sabía prácticamente nada de ella a lo que ella respondió que sabía mucho de él, cosa que lo sorprendió. Le dijo que conocía de sus libros y que había leído algunos poemas y le habían parecido buenos. En silencio pensó: " que será lo bueno para esta mujer"?.
Calixto siempre había considerado mediocre su obra en prosa y soportaba las criticas estoicamente, a pesar que muchas veces le eran favorables. De igual manera, su tienda de baratijas en el centro de la ciudad le daba como para subsistir y lo de escribir era una actividad paralela que cada vez se tornaba en primordial.
Preguntó por cual poema o cuales eran los que le habían parecido buenos. Ella respondió: "lo supe" y otros más.
La rubia también le dijo que se había enterado que cada tanto los recitaba en la sala "la Tramoya" y había intentado ir, pero su esposo no lo había encontrado interesante. No por que eran de Calixto, si no por que prefería el mundo de los números, los balances y todo lo relacionado. Calixto sonrió pensando en silencio "que troglodita, por favor" y se quedó callado como antes.
Luego dijo que si estaba de acuerdo, como para pasar el rato le recitaba algunos.
Ella respondió con ojos desorbitados: "si, por favor".
Fueron hacia el living y encendió el ventilador de techo por que el calor era intenso y pegajoso. La rubia fue por delante de él y los ojos de Calixto se posaron en los glúteos bien marcados por debajo de la remera de basquet que llevaba la mujer.
Intentó desviar la mirada pero no lo consiguió. Ella pareció comprender lo que él estaba realizando y no intentó censurarlo, por el contrario, pareció sacudirlos al vaivén de sus caderas.
Una vez en el living la mujer del contador se sentó en un sillón. Calixto sacó una botella de ron cubano y se sirvió un trago, tomó unos cubos de hielo de una pequeña heladera junto a una mesa de patas bajas y los colocó en le vaso. Le ofreció a la rubia y aceptó, no sin antes darle a conocer que no bebía y que jamás había probado el ron.
Calixto bebió un profundo trago y comenzó lentamente con su voz gruesa, varonil a recitar el poema "lo supe" de su autoria. En cada frase gesticulaba como percibiendo en lo más profundo la desazón y tristeza que ese poema demostraba. Mientras observaba el bello rostro desencajado de la rubia que por momentos parecía contenerse para no estallar en lágrimas.
Al finalizar la mujer del contador aplaudía suavemente batiendo sus finas palmas y con los ojos cerrados y apretando los carnosos y rojos labios de su boca. Calixto sonrió. Bebió lo restante de su vaso y volvió a llenarlo. La rubia lo vio beber y también hizo lo mismo pero casi de un solo trago. Calixto pensó que le caería pésimo beber de ese modo un trago de ron. Pero la rubia no pareció importarle cuando tragó todo lo dispuesto en el vaso y le pidió que le sirva otra copa. Luego le pidió que recitase "la muerte", otro de los poemas y Calixto comenzó con un tono grave y con intensidad moderada. Ahora si la rubia estalló en lágrimas cuando Calixto estaba por la mitad del recitado. No se detuvo, continuó hasta terminarlo y al quedarse en silencio, bebió todo el vaso que se había servido. La rubia cruzó las piernas casi sollozando y la remera, esta vez acortada casi hasta la pelvis, mostró todo los laterales de sus muslos pálidos y hermosos, hasta el nacimiento de los mismos. Calixto no le quitó los ojos de encima a semejante belleza. La rubia levantó un poco más la remera para que Calixto pudiera ver que no tenía otra ropa en sí, más que la levantada.
A pesar de eso, volvió a llenarse el vaso y le ofreció otro trago a la mujer del contador. Ella aceptó otro vaso lleno, pero sin hielo. Él le dijo que sería conveniente agregarle un poco de jugo de naranja y ella aceptó. Calixto puso una parte de ron y otra de jugo de naranja y se acercó al sillón donde estaba la rubia. Le alcanzó el vaso y le pidió que lo degustara lentamente. La mujer sonrió y realizó lo pedido. Luego observó los ojos de Calixto y se acercó a su cara. Espontáneamente lo besó suavemente en la boca. Él percibió un sabor fugaz pero muy dulce a lápiz de labio pero no le importó. Afuera la lluvia arreciaba y el viento soplaba enloquecido en la ciudad que ya entraba en la noche cerrada. Algunos vagabundos nocturnos salían de sus casas a caminar bajo sus paraguas. Cuantas noches Calixto había hecho lo mismo.
Pero esa noche Calixto y la esposa del contador eran un solo gemido de placer, entrelazados el uno con el otro.
No estaba seguro del nombre de la rubia. Por temor a quedar como un estúpido no lo confirmo con ella misma. Al amanecer la rubia salió de la casa de Calixto y se dirigió a buscar la olvidada llave.
El la observó vestirse con su ropa ya seca. Ella no dijo palabra. Solo al salir le dirigió una mirada inyectante de tristeza y de inconformidad que en verdad sorprendió intensamente a Calixto. Casi le recordó a sus propios ojos, esos que todas las mañanas veía en el espejo del botiquín del baño, al arrojarse agua sobre la cara para espabilarse.
JCV

Cosas extrañas al costado de una ruta.

Julieta y Rodolfo venían viajando desde hacía algunas horas.
Se detuvieron en una de esas estaciones de servicio sobre las desiertas rutas de Formosa, Junto al surtidor de combustible.
Fueron al baño de damas juntos. Buscaron un retrete y se fusionaron en sudor enorme. Trémulamente la sintió moverse sobre él. De arriba hacia abajo. Dúctil como solo ella sabía hacerlo. Instantes luego estaban parados junto al automóvil Renault 11 como si nada hubiera sucedido . El despachante los miraba perplejo. Se imaginaba cosas. Ellos sonreían. Julieta con su sonrisa provocadora. Él solo miraba seriamente hacie el sur y no pudo contener una sonrisa sobradora.
Continuaron el viaje hacia el norte en busca de la frontera con Paraguay. Bebieron una cerveza caliente.
Posteriormente estaban frente a una carpa de gitanos que acampaban junto a la ruta.
Rodolfo por momentos se sentía exitado ante esto.
Sentía una extraña atracción por todo lo gitano. Julieta parecía temerosa. En realidad era una prejuiciosa disfrazada…
Rodolfo salió del auto y se dirigió a la carpa. El sol era abrazador, insoportable en esa siesta formoseña.
Sacudió sus palmas entre sí y nadie contestó. Volvió a hacerlo y una vieja salió de una carpa. Le preguntó que deseaba en un español mezclado. Ofreció leerle las manos y a lo que respondió que luego.
Se acercó a la vieja, le cuchicheó algo al oído y esta sonrió. Rodolfo miró sus manos callosas que sostenían un bastón.
En el cuchicheo le mencionaba que tenía algo que ofrecerle, alguien que ofrecerle.
Julieta se bajó del auto y se acercó en el preciso momento en que la vieja sacaba un fajo de billetes entre sus enormes tetas y se los entregaba a Rodolfo.
Julieta lo miró sin comprender.
Rodolfo se acercó a ella y le tocó un gluteo. Le dijo que desde ese momento ella era propiedad de esta gente.
La pobre no comprendía. Sus ojos pareceían buscar la respuesta de una broma.
En la ruta no había nadie. Por allí, con casi 40 grados a la sombra era muy dificil que alguien pasara.
Rodolfo se subió al auto y aceleró. Julieta solo lo miraba en silencio. La vieja la tomó por el brazo y la llevó dentro de la carpa. Alli la desnudó sin hablarle. Le dio falda y blusa gitana.
Por la noche hubo una fiesta. Todos miraban a Julieta. Sus ojos verdes eran extraordinarios. Su hermoso cabello era recogido ahora en una enorme trenza. Sus pies finos calzaban ojotas de goma.
Julieta bebió demasiado. Aún no comprendía lo sucedido. Quizá era otra de las increibles bromas de Rodolfo.
En realidad no era broma.
Rodolfo la había vendido a cambio de una dote.
Rodolfo hacía tiempo que estaba harto de Julieta…

Cuando llegó a Clorinda, frente de Asunción del Paraguay Rodolfo fue a la antigua casa de putas en las afueras de la ciudad. Buscó a la más delgada de todas y la llevó a una habitación del burdel. Pidió cerveza y rápidamente se emborrachó, quedándose dormido.
Estaba exhausto por el viaje.
Cuando al fin despertó se encontró tirado al costado de esa misma ruta por la que venía viajando, descalzo, totalmente cubierto de polvo sediento y en calzoncillos. La cabeza le daba vueltas y el intenso sol lo cegaba.
Unos gitanos lo recogieron. Rodolfo casi no veía ni escuchaba a causa de la deshidratación.
Luego comprendió que había sido engañado.
Julieta fue la primera en arrojarlo al río y dejarlo que se pudra ahogado.
Que se creia ese intolerante de mierda.

jajajajajajajajaja

Historia de Adeodato

Adeodato andaba por los 55 años. Flaco con cara de haber sufrido desde su nacimiento. Y en verdad si que no habia parado de sufrir. El haber nacido condenó a su madre a la muerte por una hemorragia que no alcanzaron a cortar por razones de tiempo y distancia. Su padre lo veia como el estigma mismo de la muerte y habia intentando exorcizarlo con una vieja de la isla.
Adeodato tenía la tez morena, ojos negros, era alto y caminaba renqueando por un golpe que tuviera en su infancia sobre la cadera derecha.
Vivía en una casa de material con su mujer, sus tres hijos, las parejas de sus hijos y los nietos.
Trabajaba en la construcción y todas las mañanas se levantaba a las 5, incluidos los sabados y domingos. Tomaba sus mates amargos con pan duro y salía en su bicicleta desde alto Verde hacia la zona norte de la ciudad donde trabajaba en la construcción de un enorme centro comercial enclavado en el corazon de la pobreza. Llueva o haga frío o calor Adeodato salía pedaleándole a la vida con una destreza notable. De ese modo se ahorraba el boleto del trasporte publico.
Regresaba siempre luego de las 5 de la tarde, tan exhausto que no tenía fuerzas para pedalear su bicicleta para subir el puente que cruza un riacho afluente del Paraná.
Cuando llegaba a su casa su mujer lo esperaba con el mate amargo y pan del día. Se daba un baño con la palangana y se sentaba en un banquito de metal. Subía la pierna izquierda sobre una silla de paja. Alli descubría la botamanga de su pantalón y miraba una úlcera que tenía cerca del tobillo, brillosa y dolorosa, Esa úlcera lo acompañaba desde que tenía memoria. Su mujer se la limpiaba con unguentos y el siquiera una mueca de dolor. Solo miraba por el televisor descompuesto desde hacía varios meses a la nada. Cuando su mujer terminaba de higienizar la herida, Adeodato preguntaba siempre lo mismo: si todo estuvo bien. Su mujer le decía que debía ir a ver un medico por la úlcera y el respondía siempre que no tenía tiempo.
Luego la cena habitual: carne guisada con buen tenor graso, una fruta machucada que alguna vez fuera naranja, a domir, casi a las 9 de la noche siempre. Su mujer lloraba en silencio. No podía ver a Adeodato viviendo de ese modo.
Las mañanas de frio y lluvia eram las que peor le hacen sentir a Adeodato, a pesar de usar los pies con dos pares de medias, el pedaleo bajo la lluvia se hacía duro. Siempre conseguía resignarse.
La quincena le dejaba unos pesos como para las compras y se iba en deudas pendientes por los alimentos previos. Eso es vivir de prestado.
Sus hijos estan desocupados y salían de la cama nunca antes de las 10 de la mañana. Cobran los planes de desocupados y no estan en la cultura del trabajo que Menem supo destruir con sus engaños rapaces. Lo han buscado pero no lo han encotrado y si que han recorrido lugares....
A Adeodato le hace mal ver sus nietos que no tengan un juguete.
Le hace mal que sus hijos no tengan trabajo, pero sufre tanto con sus nietos sin juguetes que seria capaz de cualquier cosa por conseguirlos, menos robar, claro esta.
Su vida fue sin juguetes, ante su pedido la respuesta de su padre era cuando no un cintazo o palazo. El recuerdo de su padre muerto en la tormenta, en el rio, pescando, fue de golpes, gritos y vino negro a raudales. Tan es asi que vivía con su panza hinchada y sus piernas delgadas y cada tanto lo sentía vomitar por ahi algo parecido a la sangre.
Pero esa tarde Adeodato cobraria la quincena (le adeudaban 4) y le compraria a uno de sus nietos, el mayor un hermoso juguete: un camioncito de esos de plastico duro que habia visto en un supermercado de cadena internacional.
Cuando el capatáz le dijo que no habia plata a Adeodato se le cayó el alma a los pies. Eso mismo lo venía escuchando desde hacía varias semanas. No dijo nada, siquiera titubeó, pero el capatáz reaccionó rápidamente y justificó al patrón por que no había podido sacar el dinero del banco. Y venía el fin de semana....hasta el lunes no habría novedades y al que no le guste que renuncie....
Adeodato subió a su bicicleta y comenzó a pedalear. Ese día había tenido que llenar una loza casi solo y tardó 8 horas sin parar en hacerlo. Solo se decía para si mismo: "soy muy macho y tengo el aguante para hacerlo"...
Cuando pasó por el supermercado ese de los norteamericanos, dejó la bicicleta en el estacionamiento y se dirigió a la juguetería de la tienda.
Tomó el camioncito que queria para su nieto y lo metió debajo de su campera. Salió corriendo, siempre renqueando y un joven vigilante, con cara de animal, se tiró sobre él tomándolo por los tobillos. Adeodato cayó de cara al suelo y golpeó su cobriza frente sobre el borde filoso de una góndola. La sangre emanó sin limite de una horrible herida que se le formó, junto con la sangre salió algo parecido a sesos. Adeodato no respondió, ni abrio los ojos cuando lo pusieron boca arriba.
El vigilante llamó a su jefe y este lo felicitó.
Un chorro menos en este negocio.

Juan Segnario en el hotel estilo francés

Cuando llegué al hall del hotel, un poco medio dormido y otro poco medio ebrio, te vi. Estabas de pié sobre la mullida alfombra de la recepción, junto al mostrador y conversando con el conserje del hotel, un tipo desgarbado que te miraba con cierta lascivia, de la cual seguro vos te reconfortabas impunemente.
Fumabas con esa sensualidad típica de creerte llevar el mundo por delante, atropellarlo y por que no rendirlo a tus finisimos tobillos de tus sensuales pies. Y creo que lo conseguias la mayor parte de las veces.
Bebias algo que supuse sería champagne. Cada tanto sonreias sin disimulo pero observabas a tu alrededor y en modo preciso hacia la puerta del casino. Dentro del casino todo era humo, calor, ruido de maquinas tragamonedas estrafalarias e insoportablemente brillosas. Tipos y tipas alli adentro se jugaban la vida por unos pesos y algo mas que ello. Tipas jovenes se acercaban a sesentones a los que les iba bien en la ruleta y los mimoseaban en modo cargoso. Pude ver como un tipo de corte mafioso abrazaba a una de estas tipas jóvenes y la tomaba de un gluteo sobre un corto vestido escotado y la tonta sonreia como nadie alli adentro. Cuando el tipo comenzo a perder dinero la tipa se esfumó, salió del casino y se sentó en uno de los amplios sillones junto a una lumbre en el hall del hotel de estilo francés.
Yo segui mirándote ahora desde uno de los sillones en el hall, junto a la tipa que por lo visto se habia agotado de pasar de amorosa por obligación. Pero vos entraste al casino y desde el enorme portal de vidrio te vi. Estabas de cacería, buscabas un ganador y fue bueno que no me vieras. De hecho yo era el eterno perdedor. Te mostratste como una loba sigilosa y afilaste tus dientes de cazadora empedernida y de puta de alto vuelo, de esas que no lo parecen y enamoran a tipos a raudales y luego le cobran. Me alegra que lo seas. Por momentos quise subir a mi habitación, pero desistí. Afuera llovía a cántaros y no habia nadie en la calle de aquella pequeña ciudad.
Estaba un poco cansado y una carraspera insoportable me recordaba que me habia expuesto demasiado a la lluvia y al frio sin proteccion.
En ese instante la tipa miró mi cara de hombre con notable fealdad. Me gustaba mi cara de feo que transmitia algo, un extraño sentido químico que de algun modo terminaba obligando a preguntar por mi naturaleza. Miró mi cara y con destello notable en sus ojos dijo si yo era Juan Segnario. Yo sonrei y le dije que se habia equivocado y ella me dijo que pare de mentir, era yo y no otro. Esta bien le dije, soy Juan Segnario. Sonrei y ella por el contrario me miró con un odio considerable que me generó cierto temor pero a la vez un sentido de soberbia.
Me acerqué a su sillón y ahora bien a su lado me percaté que no tenia soutien. Le tome la mano y la bese suavemente. Ella emanó por sus poros un escalofrio que se manifestó en el erizamiento de su piel rosada. Vi lo mismo en sus pezones. Tenia un suave perfume de esos costosos. Le dije que deseaba tomar un cafe caliente a su lado y aceptó. Nos fuimos al bar del hotel y pedimos un cafe con cognac. Hacia tiempo que no tomaba cognac. Le pedi al mozo que nos dejara la botella y entre ambos la bebimos por completo. Hablamos de cosas sin sentido, viajes, amores, gustos y otras tonterias. No tuve deseos de irme a la cama con ella pero algo mas potente que yo insistió y lo propuse. Ella aceptó. Fuimos a mi habitación, nos desnudamos y lo hicimos en forma ruidosa. No se cuantas veces, pero fueron varias. Estoy completamente seguro de ello.
Por la mañana desperté y ella no estaba en la habitación.
Fué en el ascensor donde comprendi que mi billetera estaba vacía, sin tarjetas, documentos y billetes.
Sonreí cuando me percaté de ello. Supuse que lo haría a pesar que no lo dije.
Cobró por sus servicios como lo haces vos.
Sali del hotel y comencé a caminar raudamente.

Llegaste

Llegaste ausente de mi vida
en el instante propio del silencio
en el suspiro mismo de un eterno
solsticio impune de mi brío.
Quizá impávida, quizá silente
tal vez impropia en mi situación inerte
ante el espacio dialogado de vos misma
ante el espacio obscuro de mi diestra,
en la beatitud de tus sonrisas.
Afuera llueve casi a cántaros
adentro de mi mismo en modo torrencial
arrecian los fantasmas de mis sueños
ante la cordura sutil
de mi esperanza
y de mi ahogada desazón.
Miro desde tras de unos cristales
el perfil de tu rostro en mi tenor
de estar ruin de mi pasado
solitario y siniestro
por doquier.
Insisto en el sonido de tu boca
de labios carnosos y precisos.
Insisto en el sonido del jadeo
de tu placer prohibido.
Insisto en tu misma desnudez
observando mi destino
en el horizonte mismo de tu sexo embestido sobre el mío.
Quizá el despertar de una mañana
nos encuentre en un lecho de sudor
luego de habernos delirado
en el apasionado misterio de la vida.
Como suponiendo que el agobio
hubiera pernoctado
sobre nuestros sentidos (algo imposible)
como presumiendo que el estío
hubiera enfatizado su calor
en lo profundo de nuestros gemidos

Noche de perros, terror bizarrico

Y al fin la estación, en la tierra colorada. La de "perro muerto oil". El viento soplaba con furia destemplada detuve el auto junto al surtidor. Un esqueleto salio desde el interior de la cabina y sonriente preguntó si lllenaba el tanque. Ante mi asombro y temor, solo respondí: "SI" y el surtidor comenzó a movilizar sus engranajes que exhalaban el combustible desde el tanque subterráneo.
La ruta vacía, tenebrosa, nadie, siquiera esos camiones que les importa la vida menos que sus propios gargajos.
El esqueleto trajo un balde y comenzó a limpiar el parabrisas del auto. Intenté observar como carajo hacia para no desarticularse, pero solo veía su craneo sin piel y sus manos oseas moverse con una facilidad notable. Parecia que el tipo no se percataba que era un esqueleto.
En la estación no habia nadie, solo el viento horrible que silvaba. Un desierto macabro y nocturno.
Una vez lleno el tanque de combustible, el esqueleto colocó la manguera sobre el surtidor y me dijo: "son 50 patron..."
Pagué y segui con mis ojos la mano del esqueleto cuando guardaba el billete en su mugriento uniforme de "perro muerto oil".
Se dirigió a la cabina y se sento en un sillon destartalado con la luz apagada.
Sentí un poco de temor ante un extraño sentido de indefensión.
Busqué la petaca de ginebra de la guantera del auto y le di un profundo trago. Tuve curiosidad de saber que carajo era esa estación de servicio solitaria y corrida de la ruta. Frente a la cabina había un bar pequeño que tenia una luz fluorescente que pestañaba insoportablemente. Supuse que al menos habria algo caliente que beber. Abri la puerta y entré. El olor del moho era soportable y cuando la puerta se cerró un tintineo suave y duradero de un ramillete de elementos metalicos colgantes y puntiagudos siguieron en movimiento.
De pronto el esqueleto despachante de combustible estaba dentro del bar y me preguntaba si me serviria algo. Desconcertado lo mire y le pedi cafe.
No se de donde me sirvió una tacita de cafe.
Fue entonces cuando le tire el cafe en la cara sin piel y el esqueleto no se movió, le arroje una radio a valvulas que estaba sobre el mostrador y el cráneo volo por los aires y dio contra una ventana, rompiéndola.
Sali casi corriento y me acerque al auto, tenia las ruedas desinfladas.
Maldito esqueleto...dije
Igual subí al auto y trabé las puertas.
Intente dormir pero no lo consegui.
Instantes luego un horrible fuego proveniente del bar empezo a acercarse peligrosamente hacia mi.
Baje del auto y corri hacia la ruta.
De pronto todo era llamas.
De pronto todo era fuego.
El fuego de tus ojos

Largue, maestro largue (Muerte en bar bizarro)

largue de una puta vez el trago que le esta destruyendo el cerebro...que acaso no se da cuenta? acaso no comprende que este mundo se impregna de la insensatez de ebrios descontrolados??? acaso no es evidente que ud pretende culpabilizarnos a todos de su designios????
Pero la mañana sigue, el cafe humea desde la express gigante que exhala una tracalada de vapor oloroso y agradable en el frio matinal.
Gargantas gargageando horriblemente esputos desagradables. Tipos acurrucados en sus sobretodos negros que muestran desnudez en sus piernas de satiros exhibicionistas.Ese es el bar "La Balsa" moscas aplastadas en el hule de los manteles de mesitas de chapa enclenques. Una Tv que muestra la misma basura de todos los dias, una vitrola de discos compactos con musica pedorra a volumen exhasperado....
Ese es el limbo, cerca del puerto, de la salida de este infierno. Ella te mira desdentada, sus cabellos rubios encanecidos, sus ojos de gata ocultos en sus cuencas vacías y hundidas por la nicotina y sabe dios cuantos tipos por arriba de ella misma.......
Falda corta, piernas largas varicosas disimuladas. Enorme culo y enrmes tetas desencajadas por varios kilos de lentejas y garbanzos. Uñas pintadas, rimmel corroido, sonrisa de muerta, de muerta en la calle por un tarado que la confundio con su hermana puta.
Y vos dijiste: "me llevo a la boca una aspirina y me le voy al frente"....
No te diste cuenta que la muerta estaba enrollada con el tipo de la barra. Fuiste un grandisimo pelotudo. Yo te vi desde mi mesa, mientras intentaba despegar con un escarbadiente una mosca aplastada sobre el hule con asco denodado.
El tipo de la barra salio a tu cruce y estampo su puño sobre tu cara desalineada. La muerta ligo tambien en su gordo culo un puntapie que la obligo a chillar como un cerdo antes del matadero.
Vi a confuccio acercarse sigilosamente hacia el tipo de la barra, vi como broto la sangre de su cuello corto a borbotones, roja, humeante cuando un estilete se incrustaba se yo que sector de su anatomía. Luego el desplome del tipo y otro estilete sobre su espalda.
Un gato se acerco y comenzo a beber la sangre esparcida por el piso. La cerveza chorreba desde la canilla mal cerrada de la barra.
La muerta pateo al tipo de la barra.
Te vi cuando saliste con ella, vos Confuccio, te vi cuando perdiste tu asquerosa lengua entre las tetas de la muerta.
Luego la sirena, luego, luego nada.
Me acerque al tipo de la barra y le tape el agujero del cuello con un mantel a modo de tapon. Paro de emanar sangre.
Sali cuando los polis llegaron, y les explique, fuimos a declarar. Un sargento con cara de raton desdentado me interrogaba y me decia que este atento por si me llamaban. El birrete le quedaba horrible sostenido por ojos negros de demonio.
En el preciso momento que salgo por el pasillo llega la muerta, ahora si lo estaba. El estilete incrustado en la sien derecha.
Sos un hijo de puta, Confuccio, ojala que el sargento con cara de raton te patee el culo pronto.