Adeodato andaba por los 55 años. Flaco con cara de haber sufrido desde su nacimiento. Y en verdad si que no habia parado de sufrir. El haber nacido condenó a su madre a la muerte por una hemorragia que no alcanzaron a cortar por razones de tiempo y distancia. Su padre lo veia como el estigma mismo de la muerte y habia intentando exorcizarlo con una vieja de la isla.
Adeodato tenía la tez morena, ojos negros, era alto y caminaba renqueando por un golpe que tuviera en su infancia sobre la cadera derecha.
Vivía en una casa de material con su mujer, sus tres hijos, las parejas de sus hijos y los nietos.
Trabajaba en la construcción y todas las mañanas se levantaba a las 5, incluidos los sabados y domingos. Tomaba sus mates amargos con pan duro y salía en su bicicleta desde alto Verde hacia la zona norte de la ciudad donde trabajaba en la construcción de un enorme centro comercial enclavado en el corazon de la pobreza. Llueva o haga frío o calor Adeodato salía pedaleándole a la vida con una destreza notable. De ese modo se ahorraba el boleto del trasporte publico.
Regresaba siempre luego de las 5 de la tarde, tan exhausto que no tenía fuerzas para pedalear su bicicleta para subir el puente que cruza un riacho afluente del Paraná.
Cuando llegaba a su casa su mujer lo esperaba con el mate amargo y pan del día. Se daba un baño con la palangana y se sentaba en un banquito de metal. Subía la pierna izquierda sobre una silla de paja. Alli descubría la botamanga de su pantalón y miraba una úlcera que tenía cerca del tobillo, brillosa y dolorosa, Esa úlcera lo acompañaba desde que tenía memoria. Su mujer se la limpiaba con unguentos y el siquiera una mueca de dolor. Solo miraba por el televisor descompuesto desde hacía varios meses a la nada. Cuando su mujer terminaba de higienizar la herida, Adeodato preguntaba siempre lo mismo: si todo estuvo bien. Su mujer le decía que debía ir a ver un medico por la úlcera y el respondía siempre que no tenía tiempo.
Luego la cena habitual: carne guisada con buen tenor graso, una fruta machucada que alguna vez fuera naranja, a domir, casi a las 9 de la noche siempre. Su mujer lloraba en silencio. No podía ver a Adeodato viviendo de ese modo.
Las mañanas de frio y lluvia eram las que peor le hacen sentir a Adeodato, a pesar de usar los pies con dos pares de medias, el pedaleo bajo la lluvia se hacía duro. Siempre conseguía resignarse.
La quincena le dejaba unos pesos como para las compras y se iba en deudas pendientes por los alimentos previos. Eso es vivir de prestado.
Sus hijos estan desocupados y salían de la cama nunca antes de las 10 de la mañana. Cobran los planes de desocupados y no estan en la cultura del trabajo que Menem supo destruir con sus engaños rapaces. Lo han buscado pero no lo han encotrado y si que han recorrido lugares....
A Adeodato le hace mal ver sus nietos que no tengan un juguete.
Le hace mal que sus hijos no tengan trabajo, pero sufre tanto con sus nietos sin juguetes que seria capaz de cualquier cosa por conseguirlos, menos robar, claro esta.
Su vida fue sin juguetes, ante su pedido la respuesta de su padre era cuando no un cintazo o palazo. El recuerdo de su padre muerto en la tormenta, en el rio, pescando, fue de golpes, gritos y vino negro a raudales. Tan es asi que vivía con su panza hinchada y sus piernas delgadas y cada tanto lo sentía vomitar por ahi algo parecido a la sangre.
Pero esa tarde Adeodato cobraria la quincena (le adeudaban 4) y le compraria a uno de sus nietos, el mayor un hermoso juguete: un camioncito de esos de plastico duro que habia visto en un supermercado de cadena internacional.
Cuando el capatáz le dijo que no habia plata a Adeodato se le cayó el alma a los pies. Eso mismo lo venía escuchando desde hacía varias semanas. No dijo nada, siquiera titubeó, pero el capatáz reaccionó rápidamente y justificó al patrón por que no había podido sacar el dinero del banco. Y venía el fin de semana....hasta el lunes no habría novedades y al que no le guste que renuncie....
Adeodato subió a su bicicleta y comenzó a pedalear. Ese día había tenido que llenar una loza casi solo y tardó 8 horas sin parar en hacerlo. Solo se decía para si mismo: "soy muy macho y tengo el aguante para hacerlo"...
Cuando pasó por el supermercado ese de los norteamericanos, dejó la bicicleta en el estacionamiento y se dirigió a la juguetería de la tienda.
Tomó el camioncito que queria para su nieto y lo metió debajo de su campera. Salió corriendo, siempre renqueando y un joven vigilante, con cara de animal, se tiró sobre él tomándolo por los tobillos. Adeodato cayó de cara al suelo y golpeó su cobriza frente sobre el borde filoso de una góndola. La sangre emanó sin limite de una horrible herida que se le formó, junto con la sangre salió algo parecido a sesos. Adeodato no respondió, ni abrio los ojos cuando lo pusieron boca arriba.
El vigilante llamó a su jefe y este lo felicitó.
Un chorro menos en este negocio.