La mujer del contador
Calixto llegó apresurado a la casa. Eran ya más de las 7 de la tarde de un dÃa cálido de febrero. Bajó del auto y se dirigió hacia la puerta de calle. Colocó la llave en la cerradura de la puerta de su casa y en el instante que el cerrojo se corrÃa escuchó que alguien salÃa de la casa ubicada enfrente de la suya. Disimuladamente Calixto desvió su mirada hacia la vereda contraria y vio lo que sospechaba. La vecina, una mujer rubia que venÃa observando desde hacia tiempo, salÃa en ese momento hacia la calle con su hijo pequeño. Ella miró hacia donde Calixto estaba y rotundamente evadió la mirada hacia otro sector de la calle que separaba a ambos. Luego se alejó y se perdió de vista en las casi primeras sombras de la tarde más estival que se recuerde.
Calixto sonrió nerviosamente y sintió una extraña sensación de mezcla de peligro y placer. Imaginó cosas con la vecina la cuál vivÃa en la casa junto a su pareja, contador en una empresa importante.
Ingresó en la casa y tomó asiento en un sillón muy confortable. Desde hacÃa ya tiempo que cruzaban sus miradas, inclusive en presencia del contador el cuál no se daba por aludido. En alguna oportunidad Calixto sonrió para ver la reacción de la rubia y ella muy disimulada hizo lo mismo. Pero no habÃan cruzado palabra nunca. Calixto se intimidaba ante la presencia de la mujer, y muchas veces intentaba evitarla pero no lo conseguÃa.
Se incorporó del mullido sillón y se acercó al vidrio de la ventana. Miró hacia el cielo y gruesos nubarrones mostraron un extraño tono rojizo de las postrimerÃas de la tarde estival. Giró su mirada a la casa de la mujer y en ese preciso momento ella llegaba. Esta vez estaba sola, sin su hijo y se detuvo junto a la reja blanca de su casa. Pareció hurgar en un pequeño bolso tal vez en busca de una llave. Calixto no le quitó la mirada y ella giró hacia él y lo vio. Esta vez le sonrió con algo más de animosidad y Calixto se sintió avergonzado por ser descubierto espiándola como sin quererlo. Igualmente la saludó moviendo la cabeza y ella respondió a su saludo mientras continuaba hurgando en su bolso. Inmediatamente un trueno despuntó en la ya instalada noche y comenzó una llovizna que luego fue intensa. La mujer rubia seguÃa hurgando en el bolso y cada tanto miraba hacia la casa de Calixto.
Calixto se compadeció de la terrible mojadura que estaba sufriendo la mujer por lo que buscó el paraguas y salió rápidamente de su casa para protegerla de la lluvia. TÃmidamente le ofreció quedarse con el paraguas a lo que ella respondió que habÃa olvidado las llaves de su casa en el departamento de su madre donde habÃa dejado a su hijo para que pase la noche.
Calixto no supo que responder. Simplemente dijo con voz baja que fueran a casa de él hasta que pudiera llegar el contador para que pueda abrir la casa. La rubia respondió que su esposo habÃa salido de viaje y regresarÃa recién a los dos dÃas. Calixto se ofreció llevarla al departamento de la madre en su pintoresco Peugeot 404 de 1978 a buscar las llaves y ella respondió que su madre estarÃa en esos momentos en el cine con su hijo.
Entonces le ofreció quedarse en la casa hasta que pasara el tiempo y pudiera acercarla a buscar la llave.
Ella asintió con la cabeza.
Casi sin decir palabras entraron en la casa de Calixto. El se sentÃa intimidado y antes de entrar en la casa tuvo la premura de observar en diferentes direcciones en la búsqueda de miradas desaprobadoras de vecinos chismosos. Nadie estaba observando, al menos que pueda ser visto por los ojos de Calixto.
Le ofreció mate amargo y ella aceptó. Durante unos minutos que fueron más prolongados de lo habitual el silencio fue el dueño de ambos. Por fin Calixto dijo que el tiempo era malo y que en esa época de febrero habÃa que estar preparado para las lluvias intempestivas y espontáneas. La rubia solo asintió con su cabeza, moviendo su cabellera mojada. Calixto la observó con mas detalle. Era una hermosa mujer con ojos pardos destellantes, labios carnosos y nariz fina. Manos pequeñas y pechos medianos que se traslucÃan por debajo de su blusa por la mojadura. Sus pezones estaban duros y Calixto los observó. Sintió nuevamente una extraña vergüenza. Le ofreció una toalla. La rubia aceptó diciéndole por fin!! Y le preguntó por el baño. Calixto le indicó y la rubia entró en él. Luego abrió entornando la puerta y le pidió alguna remera de él por que la de ella estaba muy mojada y que en lo posible fuera larga. Calixto buscó entre su ropa y halló una ridÃcula remera larga de basquet. Se la alcanzó. La rubia luego salió del baño solo con la remera de basquet encima. Era lo suficientemente larga como para usarla de vestido. Inmediatamente se sentó junto a la mesa del comedor, frente al sillón donde Calixto estaba sentado. Le pidió otro mate y él se lo acercó.
Luego de esto respiró profundo y la miró con ojos tÃmidos. Ella sonrió por lo raro de la situación. Calixto hizo lo propio. Le dijo también que no sabÃa prácticamente nada de ella a lo que ella respondió que sabÃa mucho de él, cosa que lo sorprendió. Le dijo que conocÃa de sus libros y que habÃa leÃdo algunos poemas y le habÃan parecido buenos. En silencio pensó: " que será lo bueno para esta mujer"?.
Calixto siempre habÃa considerado mediocre su obra en prosa y soportaba las criticas estoicamente, a pesar que muchas veces le eran favorables. De igual manera, su tienda de baratijas en el centro de la ciudad le daba como para subsistir y lo de escribir era una actividad paralela que cada vez se tornaba en primordial.
Preguntó por cual poema o cuales eran los que le habÃan parecido buenos. Ella respondió: "lo supe" y otros más.
La rubia también le dijo que se habÃa enterado que cada tanto los recitaba en la sala "la Tramoya" y habÃa intentado ir, pero su esposo no lo habÃa encontrado interesante. No por que eran de Calixto, si no por que preferÃa el mundo de los números, los balances y todo lo relacionado. Calixto sonrió pensando en silencio "que troglodita, por favor" y se quedó callado como antes.
Luego dijo que si estaba de acuerdo, como para pasar el rato le recitaba algunos.
Ella respondió con ojos desorbitados: "si, por favor".
Fueron hacia el living y encendió el ventilador de techo por que el calor era intenso y pegajoso. La rubia fue por delante de él y los ojos de Calixto se posaron en los glúteos bien marcados por debajo de la remera de basquet que llevaba la mujer.
Intentó desviar la mirada pero no lo consiguió. Ella pareció comprender lo que él estaba realizando y no intentó censurarlo, por el contrario, pareció sacudirlos al vaivén de sus caderas.
Una vez en el living la mujer del contador se sentó en un sillón. Calixto sacó una botella de ron cubano y se sirvió un trago, tomó unos cubos de hielo de una pequeña heladera junto a una mesa de patas bajas y los colocó en le vaso. Le ofreció a la rubia y aceptó, no sin antes darle a conocer que no bebÃa y que jamás habÃa probado el ron.
Calixto bebió un profundo trago y comenzó lentamente con su voz gruesa, varonil a recitar el poema "lo supe" de su autoria. En cada frase gesticulaba como percibiendo en lo más profundo la desazón y tristeza que ese poema demostraba. Mientras observaba el bello rostro desencajado de la rubia que por momentos parecÃa contenerse para no estallar en lágrimas.
Al finalizar la mujer del contador aplaudÃa suavemente batiendo sus finas palmas y con los ojos cerrados y apretando los carnosos y rojos labios de su boca. Calixto sonrió. Bebió lo restante de su vaso y volvió a llenarlo. La rubia lo vio beber y también hizo lo mismo pero casi de un solo trago. Calixto pensó que le caerÃa pésimo beber de ese modo un trago de ron. Pero la rubia no pareció importarle cuando tragó todo lo dispuesto en el vaso y le pidió que le sirva otra copa. Luego le pidió que recitase "la muerte", otro de los poemas y Calixto comenzó con un tono grave y con intensidad moderada. Ahora si la rubia estalló en lágrimas cuando Calixto estaba por la mitad del recitado. No se detuvo, continuó hasta terminarlo y al quedarse en silencio, bebió todo el vaso que se habÃa servido. La rubia cruzó las piernas casi sollozando y la remera, esta vez acortada casi hasta la pelvis, mostró todo los laterales de sus muslos pálidos y hermosos, hasta el nacimiento de los mismos. Calixto no le quitó los ojos de encima a semejante belleza. La rubia levantó un poco más la remera para que Calixto pudiera ver que no tenÃa otra ropa en sÃ, más que la levantada.
A pesar de eso, volvió a llenarse el vaso y le ofreció otro trago a la mujer del contador. Ella aceptó otro vaso lleno, pero sin hielo. Él le dijo que serÃa conveniente agregarle un poco de jugo de naranja y ella aceptó. Calixto puso una parte de ron y otra de jugo de naranja y se acercó al sillón donde estaba la rubia. Le alcanzó el vaso y le pidió que lo degustara lentamente. La mujer sonrió y realizó lo pedido. Luego observó los ojos de Calixto y se acercó a su cara. Espontáneamente lo besó suavemente en la boca. Él percibió un sabor fugaz pero muy dulce a lápiz de labio pero no le importó. Afuera la lluvia arreciaba y el viento soplaba enloquecido en la ciudad que ya entraba en la noche cerrada. Algunos vagabundos nocturnos salÃan de sus casas a caminar bajo sus paraguas. Cuantas noches Calixto habÃa hecho lo mismo.
Pero esa noche Calixto y la esposa del contador eran un solo gemido de placer, entrelazados el uno con el otro.
No estaba seguro del nombre de la rubia. Por temor a quedar como un estúpido no lo confirmo con ella misma. Al amanecer la rubia salió de la casa de Calixto y se dirigió a buscar la olvidada llave.
El la observó vestirse con su ropa ya seca. Ella no dijo palabra. Solo al salir le dirigió una mirada inyectante de tristeza y de inconformidad que en verdad sorprendió intensamente a Calixto. Casi le recordó a sus propios ojos, esos que todas las mañanas veÃa en el espejo del botiquÃn del baño, al arrojarse agua sobre la cara para espabilarse.
JCV
